Tlatlaya y Tejupilco en alerta máxima: mientras la plaga avanza, el Gobierno estatal se aferra a un discurso de control inexistente.
La crisis epidemiológica en el Estado de México ha dejado de ser una amenaza lejana para convertirse en una realidad que devora el patrimonio ganadero. Con 120 casos confirmados de gusano barrenador, el foco rojo se ha encendido con especial intensidad en los municipios de Tlatlaya y Tejupilco. Lo que comenzó como un brote aislado hoy amenaza con descontrolarse ante la mirada de una administración que parece subestimar la velocidad de reproducción de esta plaga devastadora.
Desde la Secretaría del Campo, la gestión de la crisis ha sido más retórica que operativa. La titular, María Eugenia Rojano, insiste en jurar ante los medios y los productores que la situación está plenamente “controlada”, pero los datos duros cuentan una historia radicalmente distinta. La discrepancia entre el discurso oficial de calma y el incremento acelerado de los contagios sugiere que la burocracia estatal está más preocupada por cuidar la imagen política que por implementar cercos sanitarios efectivos.
El avance del gusano barrenador no solo es un problema de salud animal; es una herida abierta en la economía de las familias del sur del estado. La falta de acciones contundentes y de una estrategia de fumigación y vigilancia técnica real ha dejado a los productores a su suerte. Mientras la plaga gana terreno kilómetro a kilómetro, la respuesta institucional se limita a boletines de prensa que intentan minimizar un problema que ya es evidente en los corrales.
La desconfianza entre los ganaderos crece a la par de la infección. Muchos señalan que los recursos y el personal técnico enviados a las zonas de conflicto son insuficientes para la magnitud del desastre. La soberbia de asegurar que no hay riesgo de expansión, cuando los números oficiales muestran una tendencia al alza, pone en entredicho la capacidad técnica de quienes hoy dirigen la política agropecuaria en la entidad mexiquense.
Finalmente, el Gobierno del Estado de México se enfrenta a una prueba de fuego que no se resuelve con promesas. De no frenar el avance del parásito de manera inmediata, el impacto en las exportaciones y en el consumo local podría ser irreversible. La administración estatal debe decidir si seguirá operando bajo la política del “aquí no pasa nada” o si finalmente reconocerá que el gusano barrenador le está ganando la partida a su inoperante burocracia.
