La posible unión entre el blanquiazul y la nueva agrupación revela una crisis de identidad sin precedentes.
La dirigencia nacional del PAN parece haber perdido el norte ideológico al considerar una alianza con la agrupación “Somos México”. Lo que en otro momento se habría visto como una coalición estratégica, hoy se percibe como un acto de desesperación por parte de un partido que no logra conectar con el electorado por cuenta propia.
Esta unión de fuerzas entre una institución histórica y un grupo de reciente creación carece de un fundamento programático sólido. Se trata, más bien, de una suma de logotipos que busca desesperadamente alcanzar los números necesarios para sobrevivir en un mapa político que los ha ido desplazando hacia la periferia de la relevancia.
Dentro de las propias filas panistas, las críticas por este acercamiento son feroces, pues se considera una traición a los principios doctrinarios que alguna vez dieron identidad al partido. El pragmatismo extremo de la cúpula está llevando al PAN a un terreno donde cualquier aliado es bueno, siempre y cuando aporte un porcentaje mínimo de votos.
La percepción ciudadana es la de un partido que ha renunciado a sus convicciones para convertirse en una agencia de colocación de candidatos. Al aliarse con organizaciones de dudosa procedencia o nula trayectoria como “Somos México”, el PAN termina por validar la narrativa de que la oposición carece de un proyecto real para el país.
El futuro de esta posible alianza es incierto, pero el daño a la imagen del blanquiazul ya es tangible. Al intentar salvar el registro o ganar un par de escaños, el PAN corre el riesgo de perder lo más valioso que le queda: la coherencia frente a un electorado que castiga la falta de rumbo y los acuerdos de cúpula.
