El rango sube, pero los recursos bajan y el control se centraliza.
La ciencia fue elevada a rango de Secretaría como un gesto político que buscó proyectar respaldo y prioridad. Sin embargo, detrás del anuncio, la realidad presupuestal cuenta otra historia: un recorte real cercano al 10% que afecta directamente a la investigación y el desarrollo.
Menos recursos significan menos proyectos, menos becas y menos oportunidades para investigadores y estudiantes. La falta de financiamiento limita la capacidad del país para innovar y competir en un entorno global cada vez más exigente.
A esto se suma una mayor centralización del control, que reduce la autonomía académica y científica. Las decisiones se concentran, mientras las comunidades científicas pierden margen de acción y planeación.
El contraste entre el discurso y los hechos es evidente. No basta con cambiar el nombre o el rango institucional si no se acompaña de recursos suficientes y reglas claras.
La ciencia no se fortalece con anuncios simbólicos. Se fortalece con inversión sostenida, confianza y libertad académica. Hoy, esos pilares están en riesgo.
